No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

El status no está en issue

Y, ¿qué del status político? Sabido es que Muñoz y todo el liderato del nuevo partido son independentistas. Por la independencia aboga Muñoz desde el primer instante de su vida pública en 1920; por la independencia dice en una entrevista para El Mundo que votará en la elección de 1932 por el Partido Unionista, que tiene la independencia en su programa, y por Albizu Campos; por la independencia propone el retraimiento electoral en 1936 y rompe con el viejo liderato liberal; por la independencia crea primero la agrupación ASI y luego los liberales netos, auténticos y completos. De manera que es lógico y razonable esperar un pronunciamiento sobre el status político de reclamo de un voto mayoritario para la independencia a través del nuevo partido de Muñoz. Es lo que esperan, no sólo la oposición y una gran parte de los puertorriqueños, sino muchos de los líderes más importantes de la nueva colectividad. Pero Muñoz va madurando, política e intelectualmente, sobre la discusión del status, la cual ha de llamar «estéril». Como protagonista principal de esa introspección, debe ser el propio Muñoz quien la explique:

«Desde que el Proyecto Tydings sacó la independencia de la región de la oratoria de tribuna y de los debates de asamblea, para transformarla en la apariencia de una realidad inminente, el temor a la independencia se hizo palpable; casi se podía tocar en el aire. Para una inmensa mayoría de los campesinos y una gran mayoría de los que llamamos la clase media, la independencia vino a ser una terrible amenaza. Se popularizó el refrán de que no era lo mismo llamar al diablo que verlo venir. Comprendí que el Partido Popular se encontraba en la misma encrucijada que me había llevado en 1936 a proponer el retraimiento al Partido Liberal. Pero ahora no era cuestión de protestar contra un proyecto sino de implantar un programa. Casi todo el liderato era de sentimiento independentista. El electorado al que apelaba con poderosas razones de justicia social no compartía ese sentimiento.

Un episodio directamente relacionado con aquel angustioso dilema, ocurrió a la orilla de la carretera entre Río Grande y Palmer. Hablaba a un grupo de picadores de caña, veinticinco o treinta, explicándole cómo se les sustraía la justicia bajo todos los partidos que habían venido gobernando en Puerto Rico comprándoles sus votos. Lo peor que podían esperar del Partido Popular que estaba libre de la influencia de los grandes intereses económicos – les decía – era que fuera tan malo como los otros partidos pero no peor. Tenían mucho que ganar votando por él: sus vidas podían mejorar grandemente; en el peor de los casos el único riesgo que corrían era que las cosas siguieran igual. El argumento era persuasivo y yo lo comunicaba en los términos más sencillos posibles. Veía en las expresiones de las caras y en los movimientos de las cabezas el asentimiento. Pero en la cara de uno de los trabajadores, se reflejaba una duda, un temor, una angustia. Trató de ponerlo en palabras y sólo logró concluir con un gesto. Dijo: ‘Pero, ¿y si…?’. Y se pasó el dedo índice de oreja a oreja por el cuello como quien se degüella con una navaja. Me di cuenta en seguida de lo que quería decir. Las cabezas de sus compañeros asentían reflejando también el mismo profundo temor. Estaba de acuerdo con todo lo que yo decía sobre el voto y la justicia social. Pero sabía que el liderato Popular era independentista. A pesar del programa renovador temía le cortaran el cuello bajo la independencia. Preveía violencias, atropellos y estragos hostiles a toda esperanza de progreso y de justicia para la masa del pueblo. Tan profunda fue la impresión que me hizo esta expresión dramática de lo que ya intelectualmente me preocupaba, que decidí bregar con ella en la primera oportunidad que se presentara. Hasta este día recuerdo la figura y el nombre de aquel trabajador, personalmente viril, políticamente atemorizado: Nicanor Guerra.

Esa oportunidad vino en la Plaza de Armas de San Juan en uno de los primeros mítines que nos arriesgamos a celebrar en la zona urbana. Ante un público de algunos centenares, un buen líder de apellido Cortés, evidentemente independentista, me hizo una pregunta: ‘¿Qué hará el Partido Popular para reclamar la independencia si triunfa en las elecciones?’. No tuve duda sobre la respuesta: ‘El status político’, dije, ‘no está en issue en las elecciones de 1940. Los votos que se otorguen al Partido Popular no se contarán ni a favor ni en contra de status político alguno. Se contarán solamente a favor del programa económico y social del Partido’. Al escuchar mi contestación aquel buen líder Popular se retiró con profundo desaliento. Y yo, que todavía era independentista, comprendí la desolación de su espíritu.

Pero en ese mismo momento el Partido Popular aseguró su victoria en 1940…

Una respuesta contraria habría causado la derrota inmediata y probablemente habría retrasado largamente o alterado en su fondo las realizaciones históricas de los treinta años que siguieron al 1939. La frase se convirtió en principio básico de la campaña. El liderato, sobre todo aquella parte que convivía más íntimamente con el pueblo, conocía la actitud simbolizada por Nicanor Guerra y aceptó mi declaración. Sin los votos no había poder…».

El 21 de julio de 1940 se celebra la asamblea constituyente del Partido Popular Democrático en el parque Sixto Escobar de San Juan. Fernós Isern es nominado para el cargo electivo de mayor importancia: comisionado residente de Puerto Rico en Estados Unidos; Muñoz y Géigel Polanco para senadores por acumulación; y Samuel R. Quiñones y Ramos Antonini para representantes por acumulación. Muñoz es proclamado formalmente presidente del partido. Asegura Bolívar Pagán que esta asamblea es «la más concurrida celebrada en Puerto Rico para constituir un partido político». Mientras tanto, el liberalismo languidece. Para remate, ocurre la muerte de Barceló, su líder batallador, el 15 de octubre de 1938. «Puerto Rico por encima de todo», son las palabras testamentarias del eminente líder moribundo. Escribe Bolívar Pagán: «Pobre, como murieron todos los caudillos políticos de Puerto Rico, murió Barceló, y alejado del poder, tras de dos consecutivas derrotas eleccionarias de su partido, y dividido éste; pero en ningún momento se abatió su temple de luchador esforzado, tras más de cuarenta años de dinámica y patriótica faena pública. Toda la prensa y todos los partidos políticos expresaron su sentimiento de reconocimiento y dolor». Muñoz dice: «La muerte de Antonio R. Barceló tiene que conmover profundamente a los que lo vieron durante la mayor parte de su vida erguido en la vanguardia del combate. Todos los que lucharon junto a él, por grandes cosas para Puerto Rico, en sus años de extraordinaria energía, guardarán siempre por su memoria el más verdadero recuerdo de cariño y respeto».92 Un mes antes de su muerte, Barceló asiste por última vez a una sesión de la junta central liberal efectuada en Caguas en la cual se designa una comisión con el mandato de redactar el programa político del partido de cara a la elección general de 1940. El programa demanda reformas liberalizadoras a la ley Jones y en cuanto al status político final de la Isla decide someter el asunto a los electores a través de un plebiscito. Para suceder a Barceló en la presidencia del partido se selecciona a José Ramírez Santibáñez. El nuevo presidente liberal muy pronto ha de iniciar gestiones conducentes a nuevas coaliciones partidistas, para lo cual cambia el programa político del liberalismo sacándolo del curso independentista para encarrilarlo como un partido estadista.

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Antonio Quiñones Calderón, fue un destacado redactor de los desaparecidos diarios El Imparcial y El Mundo, también en un momento crucial de su trayectoria: la década del 60. En 1968, aceptó cumplir las funciones de Secretario de Prensa del entonces, recién electo gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré. En el desempeño de esta posición, primero con Ferré y luego en los dos períodos de Carlos Romero Barceló, fue testigo excepcional de las transformaciones de la prensa puertorriqueña. Durante la decada de 1980, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y poco después sub director de El Mundo. Tiene publicados también varios libros de historia política.