No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

Crisis en el liberalismo

En abril de 1937, al mes siguiente de los acontecimientos de Ponce, Muñoz regresa a San Juan desde Washington, donde ha estado realizando gestiones relacionadas con la implantación en la Isla de programas federales como los de la Puerto Rico Reconstruction Administration (PRRA) y la Puerto Rico Emergency Relief Administration (PREPA). El día 20 de ese mes solicita públicamente en declaraciones que aparecen en El Mundo, la celebración de una asamblea para buscar formas y maneras de limar las asperezas entre los dos bandos liberales. No hay respuesta. El 28 de mayo, en otras declaraciones en el mismo periódico, sostiene que es deber del Partido Liberal «demandar la independencia en estricto cumplimiento del programa de Miramar, dando así cumplimiento al mandato expreso del programa del partido Liberal».Dice Bolívar Pagán: «La manifiesta táctica de Luis Muñoz Marín, en sus discrepancias con Antonio R. Barceló, era propulsar la cohesión del Partido Liberal, presionando a la vez la demanda independentista de este partido, frente a la tendencia moderada de Barceló y sus adictos que clamaban por reformas liberalizadoras del régimen, por creer éstos que aquel momento no era oportuno para insistir en la demanda de inmediata independencia». El último día de mayo Barceló cita a reunión de la junta central del partido en Naranjales en Carolina. Aquí se presenta una moción para que la junta respalde un manifiesto del presidente liberal, el cual constituye un fuerte ataque a Muñoz. El manifiesto es publicado por El Mundo con el titular: «Crisis en el liderato del Partido Liberal. Barceló hace una final y terminante declaración». El manifiesto comienza afirmando que «el triunfo del Partido Liberal en las pasadas elecciones era cosa esperada y generalmente admitida antes de que ocurriera el asesinato del Jefe de la Policía Insular, Coronel E. Francis Riggs», y que para asegurarla se envió a Muñoz Marín a Washington a apoyar la reconstrucción social y económica de Puerto Rico y a laborar por el cese de los privilegios electorales de los partidos coligados, pero denuncia que el proceder «desatinado y omnímodo de nuestro emisario», unido a sus subsiguientes actuaciones en la Isla, «vino a transformar en desastre nuestras lozanas expectaciones de victoria». Enumera el manifiesto varias instancias perjudiciales al partido por parte de Muñoz Marín, a saber: «enfrascarse en su diferencia privada con el Administrador de la Puerto Rico Reconstruction Administration, Ernest H. Gruening, con lo que echó por la borda en un arrebato personal los valores liberales de la reconstrucción sobre los cuales habíamos edificado, con un derecho moral indiscutible, formidables argumentos de campaña electoral que nos aseguraban el favor de los agricultores y de nuestras desheredadas muchedumbres de la ciudad y del campo, ávidas de protección económica y de justicia social; la campaña de Muñoz para llevar el Partido Liberal al retraimiento en las elecciones generales de noviembre último hizo cundir el desaliento y la incertidumbre en nuestras huestes y hasta llevó a la inacción núcleos considerables de nuestro electorado; la violenta campaña tribunicia de Muñoz Marín y sus seguidores después de derrotada definitivamente la fórmula de retraimiento en la Asamblea de Yauco – campaña mas bien imbuida del espíritu del ‘nacionalismo’ portorriqueño que del espíritu liberal, y subrayada, en el orden social y económico, con un matiz rojo de socialismo radical y demagógico que no es postulado en el programa de nuestro partido – desató contra el liberalismo portorriqueño una acción concertada de los intereses económicos del país, incluyendo entre estos últimos factores eminentemente portorriqueños que cooperaron estrechamente con nosotros en el pasado, y que, alarmados por la nueva prédica, llegaron a temer que un triunfo liberal en los comicios fuera precursor de una era anárquica y disociadora, con su natural secuela de atentados contra la propiedad y la vida, desórdenes públicos y persecuciones personales».

En atención a lo anterior, acusa que sobre Muñoz Marín «recae, inexorablemente, la responsabilidad de la derrota del Partido Liberal Portorriqueño en las elecciones generales de 1936». Cierra el manifiesto con una en una declaración de guerra en la que rechaza que sean liberales «los que, insuflados todavía de aquel mismo personalismo fatal, tratan de llevar a la división nuestra colectividad, creando ‘partidos’ dentro del partido, y conspirando para desacreditar sistemáticamente la obra patriótica y disciplinada de la actual dirección del liberalismo». A éstos «no podemos seguir extendiéndoles el dictado honroso de liberales, pues son ellos, por sí mismos, ellos exclusivamente, los que han trazado entre nosotros una línea infranqueable: la línea que separa para siempre a los hombres que actúan sanamente y de buena fe de esos otros seres que, en el campo de la vida pública, sólo se mueven a impulsos de sentimientos bastardos y egoístas, y viven atentos únicamente a su predominio personal, en completo divorcio de los intereses colectivos de nuestro partido y de nuestro pueblo. A esta declaración deben ajustar los organismos locales e insulares del partido, en el momento oportuno, la correspondiente acción disciplinaria».

Presentada la moción de respaldo al manifiesto, Muñoz somete otra en la que advierte que el partido no debe dividirse o debilitarse, para evitar lo cual propone la celebración de una asamblea general y presenta una solicitud a esos efectos avalada por 50 juntas locales del partido. Abierto el debate, se acuerda pasar juicio primero sobre la primera moción de respaldo al manifiesto de Barceló, advirtiendo los seguidores de Muñoz que su aprobación significaría su expulsión del partido. La moción es aprobada con votación de 46 a 30 votos. Aún así, Muñoz insiste en que no abandonará el partido y realiza otro intento de conciliación. Pero Lastra Chárriez presenta una moción decretando la expulsión de Muñoz y sus seguidores. Barceló impide que se lea la moción en su fondo y en su lugar anuncia que lo que se hará es reorganizar las juntas que solicitan la asamblea general. Ante esta decisión, Muñoz advierte a los presentes: «Ustedes creen que nos han expulsado del Partido Liberal. Pero lo que han hecho es expulsar al Partido Liberal de su Junta Central. Ustedes han expulsado del Partido Liberal al pueblo Liberal». Dicho esto, él y su grupo se retiran a la casa de José Fidalgo Díaz en Carolina. «Allí pude notar que los expulsados, proféticamente, no demostraban mayor pesadumbre. Presentía la era en que escasamente un año después el pueblo, la masa del pueblo, habría de entrar en la escena política calladamente, y tres años más tarde, con el clamor dramático de un gran cambio en la perspectiva histórica de Puerto Rico», recuerda Muñoz muchos años más tarde.

Pocos días después de Naranjales el directorio liberal anuncia un mitin en la cancha frente al solar del teatro La Perla de Ponce, mientras que con dos días de anticipación el grupo de Muñoz anuncia otro en la plaza pública, a la misma hora, a 200 metros de la cancha. «Al mitin convocado por los expulsadores concurrieron alrededor de doscientas personas; al convocado por los expulsados, unas diez mil. La prensa independiente informó estas cifras. Generosamente aumentamos la cifra de la asistencia del Teatro La Perla y llamamos al episodio ‘el mitin de los diez mil a quinientos’. Creo que don Antonio, ya casi totalmente ciego, nunca se enteró de cómo había sido el mitin al que lo indujeron a concurrir sus consejeros. Desde la tribuna frente a los diez mil envié una comisión a invitar a don Antonio a la tribuna ante la cual estaba el pueblo Liberal y a ocupar allí la presidencia. La invitación no fue aceptada»,78 recuerda Muñoz. Como cuestión de realidad, una vez que Muñoz y sus seguidores abandonan la reunión de Naranjales, la junta aprueba que están fuera del partido aquellos liberales que hayan retado o enfrentado la política oficial del partido y a su presidente. Consecuencias – graves para los liberales – habrá.

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Antonio Quiñones Calderón, fue un destacado redactor de los desaparecidos diarios El Imparcial y El Mundo, también en un momento crucial de su trayectoria: la década del 60. En 1968, aceptó cumplir las funciones de Secretario de Prensa del entonces, recién electo gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré. En el desempeño de esta posición, primero con Ferré y luego en los dos períodos de Carlos Romero Barceló, fue testigo excepcional de las transformaciones de la prensa puertorriqueña. Durante la decada de 1980, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y poco después sub director de El Mundo. Tiene publicados también varios libros de historia política.