No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

Descubrimiento de Puerto Rico

Descubrimiento de Puerto Rico

ECURED- Descubrimiento de Puerto Rico. Hecho de la historia de la Puerto Rico que data del año de 1493 cuando el 19 de noviembre de ese año los colonizadores españoles con el Almirante Cristóbal Colón al frente, en el segundo viaje de exploración del mismo, llegan a las costas de la isla de Borínquen (llamada así por sus habitantes originarios nativos de ahí que sus habitantes actuales se denominen boricuas) y la bautizan en nombre de la Corona Española como San Juan Bautista de Puerto Rico. Algunos historiadores son de la opinión que la isla fue descubierta por Martín Alonso Pinzón en 1492 durante el tiempo que estuvo separado de Colón.
Descubrimiento

El descubrimiento de Puerto Rico se produjo después que el Almirante Cristóbal Colon notificó del descubrimiento de las Indias (Nuevo Mundo) a los Reyes Católicos, acordando en ese momento con sus Majestades regresar a las tierras descubiertas para seguir explorándolas en nombre de España y de esta forma establecer colonias en ellas.

El nuevo viaje de exploración salió de la bahía de Cádiz con 17 bajeles el día 25 de septiembre de 1493[1]. Navegando con destino a la isla de Santo Domingo, con escala en las Islas Canarias para tomar como provisiones ganado, aves y semillas con el fin de multiplicar estas especies en la nueva Colonia americana. El 3 de noviembre llega al Nuevo Mundo y descubre la isla de Dominica, a la cual le prosiguen las de Marioalante y Guadalupe: desembarco en esta alguno de los hombres bajo su mando y tomó posesión de ella en nombre de los Reyes de España sin que enfrentase oposición alguna por parte de los nativos, los que se refugiaron en los bosques.

Los colonizadores españoles solo encontraron en la playa dos indios, que decían ser de la isla de Borínquen y que les rogaron los llevasen en sus navíos, pues estaban destinados a ser víctimas de los sangrientos maltratos de los Caribes de aquella isla. El Almirante se negó a transportar a los isleños para no entrar en conflicto con los nativos de la Guadalupe, dándole algunos obsequios de suelo español y ordenándoles que se retiraran; pero los Caribes despojaron a los indios de lo que habían recibido de Colon. Los indios se volvieron ante el conquistador acompañados de seis mujeres y dos muchachos, pidiéndoles nuevamente que lo dejaran montar en sus barcos con el fin de evitar la muerte segura a mano de los Caribes[2].

El 10 de noviembre el Almirante Colón partió de la isla de Guadalupe con rumbo al Nordeste (otras fuentes indican que fue por el Sur), descubriendo en su trayecto las islas Redonda, Antigua, San Martín, Santa Cruz y muchas otras que encontraba a su paso y que fue nombrando con nombres ibéricos, siendo la última de esta las Islas Vírgenes.

Los nativos de las islas descubiertas le hablaron de nuevas tierras en el mar y de la Tierra firme, mostrándole el camino de regreso a Santo Domingo, guiándolo por la isla de Borinquen. Al llegar a las costas de la nueva isla le dio el nombre de San Juan Bautista[3][4], fondeando en una bahía de la misma con dirección al Poniente, en la cual encontró muchas especies de pescados, sábalos, sardinas, róbalos y otras en abundancia. En la playa se veía una población, cuyas casas estaban construido de madera y varas, cubiertas de hojas de palmas, coronadas de torreones y miradores de cañas entretejidas, dejando una gran plaza en su centro, de donde salia un camino ancho, recto y llano, que llegaba hasta la mar, hecho de rejados cubiertos de flores, yerbas y otras plantas, cuyos verdes follajes dispuestos con graciosa simetría, daban la agradable idea de la fertilidad de la tierra. Al extremo de dicho camino se levantaba sobre troncos de árboles un espacioso mirador que caía sobre el mar, este estaba cubierto de cañas, adornado de flores y yerbas como las existentes en el camino[5].

Este asentamiento estaba edificado de una forma ordenada no antes vista por los españoles, también fue del asombro para los ibéricos la frondosidad de las costas de la isla, poblada de tanta variedad de árboles, cuya magnitud y diferencias eran mayores que la que habían visto en Europa lo que estimulaba a los pasajeros a saltar en tierra, pero la huida de los nativos en dirección a los bosques los detuvo y el día 22 de noviembre levantaron ancla con rumbo a Santo Domingo, sin que retornase más una partida española a las tierras de Puerto Rico hasta que Juan Ponce de León volvió a reconocerla en 1608.

Por los datos recopilados se piensa que la bahía visitada por los españoles fue el puerto de la Aguada que está al Noroeste de la isla. Esta afirmación es sostenida por la situación del puerto, su gran extensión, buena profundidad y espaciosa entrada. A esta parte de playa le dan el nombre de Gruadilla, que en el idioma de los indios de aquella isla significa jardín, que ademas de convenir al sitio, por ser el mas ameno y agradable, parece explica la disposición y forma del pueblo que vieron los españoles a su arribo.

Enigma del desembarco

El Boletín de La Academia Puertorriqueña de la Historia en su Número Conmemorativo del Aniversario 475 del Descubrimiento de Puerto Rico del 19 de noviembre de 1968 dice lo siguiente:

«Uno de nuestros enigmas históricos’ que más discusiones ha provocado es el sitio por el cual desembarcó Cristóbal Colón en Puerto Rico, y en dónde estuvo desde el 19 al 22 de noviembre de 1493, acompañado por don Juan Ponce de León, su futuro conquistador y poblador.

El primer señalamiento del sitio presumiblemente visitado por Colón lo hizo el cronista Fray Iñigo Abbad en 1787 a base de una confesada conjetura; que había sido la bahía de Aguada-Aguadilla. Su único apoyo para adelantarla fue que dicha bahía era espaciosa y de fácil acceso, y que estaba cerca de: Derrotero de las Flotas que iban a Santo Domingo a lo largo de la Costa Norte de Puerto Rico en la época que escribía, cuando ya existía el poblado llamado Aguada. No se basó en ningún documento histórico y confesó que por tal motivo su suposición quedaría siempre en calidad de conjetura. Debemos señalar que el Derrotero de las Antillas que existía en la época de Fray Iñigo Abbad había sido variado recientemente para pasar por la Costa Norte de Puerto Rico, ya que casi desde el descubrimiento siempre pasó a lo largo de la Costa Sur de la Isla, como lo describió, por ejemplo, en su itinerario de Navegación en 1575, el Capitán Juan de Escalante de Mendoza.

Fray Iñigo señaló un sitio de la Costa Occidental que podría duplicarse en otros muchos puntos de esa costa, y cualquiera de los cuales cumpliría con las descripciones generales contenidas en las crónicas y en el Diario de Navegación de Cristóbal Colón. Las descripciones del sitio del primer desembarco no especificaron geográficamente en qué lugar de la Costa Occidental estaba situado, salvo la de Pedro Mártir de Anglería, de quien se alega supuestamente que dijo estaba en «el último ángulo de occidente». Aparte de que tal frase es inexistente en la carta original de Fray Pedro Mártir, la descripción puede aplicarse tanto a Punta Borinquen como a Cabo Rojo y a Punta Higüero. Por otro lado, la descripción general del Diario de Colón podría aplicarse a casi cualquier punto de la Costa Occidental de Puerto Rico, y por tal motivo no ayuda a precisar el sitio exacto del desembarco. Tampoco se conserva la Carta de Marear de Colón en su segundo viaje, que pudiera señalar el lugar específico sin lugar a dudas, como era su regla invariable hacerlo.

Es lógico presumir, sin embargo, que los navegantes españoles que luego volvieron a visitar la Isla, lo hicieran por ese mismo puerto del primer desembarco, así es que localizando geográficamente las visitas inmediatamente posteriores al descubrimiento podremos localizar con casi completa seguridad dicho puerto. La primera mención de un viaje a Puerto Rico después del año 1493 es la de Vicente Yáñez Pinzón en agosto de 1500, al regreso de su viaje al Brasil acompañado de tres pilotos que estuvieron en Puerto Rico con Colón en el segundo viaje: Juan Quintero, Juan de Umbría y Juan de Jerez. En Puerto Rico, Yañez Pinzón sólo hizo aguada y recogió algún oro, sin describir el sitio en donde desembarcó. Sin embargo, en 1505 envió a su piloto García Alonso Cansino a echar cabros y cerdos en el mismo sitio visitado anteriormente, quien lo nombró «el puerto de los pozos», o de los Jagüeyes como sabemos llamaban a la región los indios autóctonos, que es la traducción al taíno de la palabra pozos. Ese «puerto de los pozos» o Jagüeyes, no podía ser otro que el puerto así llamado por los indios, en el valle del Yagüeca o de los Jagüeyes, llamado también Higüey, en la bahía de Añasco.

Un viaje conocido anterior al de García Alonso Cansino fue el del Comendador Ovando el año de 1502, en el que se encontraba como pasajero el Padre Bartolomé de las Casas, quien luego describió el sitio con relativa exactitud, pero sin precisarlo exactamente, ya que erró el cálculo de su distancia desde Guánica considerablemente. Por medio de esos tres viajes, tenemos que el sitio visitado repetidas veces por los navíos españoles poco después del descubrimiento estuvo localizado en la Costa Occidental de la Isla en la región nombrada Yagüeca o de los pozos.

Para no dejar lugar a duda alguna sobre dicha localización, es conveniente seguir transcribiendo otras descripciones de ese sitio visitado asiduamente por los marinos españoles, y notar las coincidencias entre ellas para determinar su localización exacta y precisa. La próxima descripción data del 24 de junio de 1506 y está contenida en la Probanza de Servicios de Juan González, intérprete de Ponce de León en la primera expedición de colonización a Puerto Rico. En ella se describe la llegada de los expedicionarios por un puerto llamado «la aguada frontero de la boca de un río muy grande llamado Guaorabo», que es el mismo nombrado río Añasco luego por los españoles. Ya ahí tenemos por primera vez una localización precisa y exacta que nos permite afianzar el nombre de Y agüeca o Higüey al llamado puerto de los pozos el año anterior de 1505, y desde ahora llamado «del aguada», pues la región del río Añasco era llamada Yagüeca por los indios.

En ese puerto y cerca del yucayeque del «Cacique Mayor de lo de aquella parte» llamado Mabo el Grande, edificaron los españoles según invariable regla militar, su fortaleza, para poder defender la cabeza de playa establecida en una costa desconocida, así como casas para guarecerse, decir misa, cuidar sus enfermos, custodiar sus armas, los libros de gobierno, las provisiones y otras muchas cosas necesarias para el sostenimiento y la supervivencia misma de los expedicionarios, de acuerdo con su estricta organización colonizadora. A este primer poblado llamado «la aguada», fue luego trasladado otro poblado fundado en 1510 por don Cristóbal de Sotomayor en el Mosquital o Guánica, llamado Tavora, abandonado debido al irresistible ataque de los insectos. A principios del año 1511 fue destruido «el aguada» del río Guaorabo por los indios de la región bajo el comando del cacique Guarionex, y a fines de dicho año fue reconstruido por Miguel Díaz de Aux en el mismo sitio, con el nombre de Villa de San Germán. Por Cédula Real del año 1523 se sabe estaba la Villa aún en el mismo sitio, «cercada de ciénagas y de dos esteros», tal como fue descrita por Juan González en su Probanza, así como también en el juicio de Residencia del licenciado Sancho Velázquez en 1518, en donde se dijo que se encontraba el poblado sobre «una Ysleta» o sea, sobre unos terrenos ligeramente más altos que las ciénagas circundantes.

En 1528 se trasladó la Villa por Orden Real al recodo norte de la bahía de Añasco, llamado oficialmente «sitio de San Francisco». Este sitio fue descrito a perfección en un parte militar del ataque por el Capitán Diego Ingenios en 1528, en el Itinerario del Capitán Juan de Escalante de Mendoza en 1575, el de don Andrés Reggio de 1736, en las descripciones del ataque por M. Beltrán D’Ogerón en 1673 y en la «Memoria» de Melgarejo de 1582. Todas estas descripciones se citan con el fin de demostrar que el sitio llamado «la aguada», Higüey, Yagüeca, Puerto de los Pozos, Villa de San Germán, Bahía de San Germán y Guadianilla, Sitio de San Francisco y Peña de San Francisco, estaban todos en la bahía de Añasco, en donde lógicamente se efectuó el primer desembarco en la Isla de Puerto Rico por sus descubridores. No existe evidencia documental alguna que indique tal desembarco por la bahía de Aguada-Aguadilla, por lo que su señalamiento por Fray Iñigo Abbad, que lanzó a los historiadores a través de los años a perseguir esa conjetura y tratar de probarla con la presentación de una imponente acumulación de evidencia circunstancial, basada en una lamentable confusión de nombres y un anacronismo, es absolutamente insostenible.

Señalado lógicamente el sitio del desembarco, veamos con las propias palabras de Colón y de sus compañeros de viaje, cómo llegaron hasta allí.

Luego de su llegada a la isla de San Martín con «un pésimo tiempo» según Michel de Cuneo, y de un «tiempo violento» según su hijo Fernando Colón, se dirigió la flota a la isla de Santa Cruz. Por tal motivo, las naves mayores se quedaron en alta mar temerosas de encallar entre tantos islotes, esperando que las naves de poco fondo llamadas latinas o cantábricas exploraran el archipiélago de las Islas Vírgenes. El doctor Diego Alvarez Chanca, físico y escribano de la flota, dijo que sólo una de esas pequeñas naves tocó en solo una de las numerosas islas, pues «a esta (Islas Vírgenes) no llegamos para saltar en tierra, salvo una carabela latina llegó a un islon de estos». El cronista Pedro Mártir, a quien relató las incidencias del viaje el piloto Mayor Antonio de Torres, dijo que por temor a encallarse las naves mayores no pasaron al norte por entre dichas islas y cayos, sino que esperaron que regresaran las naves latinas para entonces proseguir su viaje la flota a lo largo de la Costa Meridional de Puerto Rico en la dirección de donde venía, de este a oeste.

Como según Cuneo el «pésimo tiempo» los acompañó desde el día 12 de noviembre en la isla de San Martín, hasta la llegada a Monte Christi el día 25, es de suponer que las costas del Sur y Oeste de Puerto Rico las bojearon mar afuera, libre de sus peligrosos cayos y arrecifes, pues no pararon en ninguno de sus numerosos puertos. Al doblar el Cabo Rojo, es lógico inferir que no entraron por el Canal de Guanajibo o Cayería, sino que doblaron Los Morrillos cuatro leguas mar afuera, como recomendaba hacerlo el cosmógrafo real López de Velazco todavía en 1575. Bojearon la Costa Occidental hasta toparse con la Punta Higüero que les cerraba el paso hacia el norte, pero que al mismo tiempo les brindaba protección contra los vientos prevalecientes del norte y noreste al entrar en la bahía de Añasco desde mar afuera para explorar y hacer aguada.

No sólo es dicha bahía acogedora al que la ve por vez primera, sino que es la que queda más cercana a las costas del Higüey dominicano, y como Colón marcaba en su mapa todos los puertos que visitaba, así pueden explicarse los repetidos viajes de las naves españolas a ese mismo puerto, llamado de «la aguada» desde el descubrimiento mismo, pues así lo llamaban los colonizadores de la expedición del año 1506 bajo el comando de don Juan Ponce de León aún antes de haber desembarcado en dicha bahía.

Se sabe documentalmente que el primer agarre permanente de los españoles en Puerto Rico se estableció al norte de la desembocadura del río Añasco, el que se llamó originalmente río de «la aguada». Cierto es que años después se hacía la operación marítima llamada «aguada» en otras corrientes de agua que descargan en la bahía de Añasco y por tal motivo se le dio el mismo nombre de río «de la aguada» a otras fuentes fluviales de dicha bahía, según puede verse por el «Islario» de Alonso de Santa Cruz, quien localizó también el Puerto Castellón cerca del lugar a donde se mudó la Villa de San Germán en 1528 y en donde ya entonces se hacía aguada, en lugar de hacerla como antes se había venido haciendo, en la «aguada vieja», en o cerca del río Guaorabo. El cosmógrafo Juan López de Velazco, aunque basado en el «Islario» de Santa Cruz, le dio el nombre de Aguada tanto al río Guaorabo como a otro río al norte del río Culebrinas, posiblemente al río Chico. Tal nombre descriptivo era muy corriente en la época de la colonización y se le aplicó a cientos de sitios en América en donde se proveían de agua y leña los navíos. Sin embargo, como las crónicas y documentos nombran indistintamente río Guaorabo y río Aguada al mismo río Añasco, Y sabemos que el nombre primitivo de la aguada le fue dado a su desembocadura y al poblado cercano, a ese río fue que se le aplicó el nombre de aguada originalmente. No negamos que dicho nombre se le aplicara después a otros ríos y a otra bahía más al norte, ya que precisamente de ese detalle toponímico, comprobado con documentos auténticos, arranca la gran confusión geográfica que ha existido en nuestra historia en cuanto al descubrimiento y colonización de Puerto Rico.

El primer cronista que mencionó la existencia y posterior desaparición de un poblado en el Oeste llamado Sotomayor fue don Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, quien lo localizó en 1535 entre los ríos Culebrinas y Aguada, siendo este último el nombre que los españoles dieron al llamado río Guaorabo de los taínos. Oviedo describió también la Villa de San Germán como de unos 50 vecinos, existente en su época «en la bahía donde desemboca el río Guaorabo». Al señalar Oviedo que Sotomayor había existido por muy poco tiempo entre los ríos Aguada y Culebrinas, usó la frase que en el Oeste había otros ríos «assí como el Aguada y Culebrinas entre los quales estuvo ya un pueblo llamado Sotomayor», y por su empleo de dos nombres, uno taíno (Guáorabo) y otro español (Aguada) para el mismo río, se interpretó que eran dos ríos distintos. Tratando de localizar un río llamado Aguada, distinto al río Guaorabo, se entendió por posteriores historiadores que lógicamente tenía que encontrarse, para que pudiera coincidir con la toponimia de la época en que se escribía en la bahía de Aguada-Aguadilla. Pero como el único río de importancia en dicha bahía es el río Culebrinas, que tiene dos bocas alternativas, se presumió que la desembocadura actual era la que había llamado Oviedo río Culebrinas, y la boca ciega, o estero embalsado llamado Caño Carrizal, era el que había llamado en el mismo texto río Aguada. Por tal razón se llegó a la conjetura por Fray Iñigo Abbad en 1787, siguiendo a Oviedo literalmente, que el poblado Sotomayor había estado en la zona baja y cenagosa entre esas dos bocas, aún cuando es inundable con gran rapidez y frecuencia. Sugirió el fraile que pudo tener una mejor localización el poblado cerca del asiento de la antigua Ermita del Espinar, «su terreno seco, circundado del mar por el norte, del caño Carrizal por el oriente, del río Culebrinas por el sur, y de una espaciosa llanura al poniente». El absurdo es evidente de una lectura cuidadosa de la descripción del insalubre pueblo de Aguada por Fray Iñigo, y aún más, cuando sabemos documentalmente que Sotomayor fue trasladado «al aguada» de Añasco, que era el único poblado existente en el oeste desde la llegada de Ponce de León en 1506, y aludido por diversos pobladores coetáneos entre dicho año y el año de 1511, cuando fue destruido por los indios de la propia región del Yagüeca bajo el mando del Cacique Guarionex.

Una demostración de la confusión de Fray Iñigo Abbad es que declaró que en la región desde Punta Borinquen hasta Punta Higüero «desaguan el río Chico, el de la Aguada, Culebrinas, el de Cañas y otros pequeños» en ese orden, pero más adelante, al describirlos, saltó del río Pequeño o Chico al río Culebrinas, sin mencionar por su nombre, el río que dijo antes haber entre ambos, el río Aguada, aunque implicó que era el «Caño Carrizal», cuando describió el asiento de la Ermita del Espinar, usando la palabra Caño y no río específicamente. Con tal descripción demostró Fray Iñigo su confusión, así como el génesis del error de intentar fijar la localización de «la aguada» primitiva en la bahía de Aguada-Aguadilla. La frase de Oviedo significó que Sotomayor estuvo localizado en un asiento nombrado «la aguada» entre los ríos Aguada y Culebrinas, ya que estuvo en la región al norte del río Guaorabo, llamado también río Aguada, y al sur del Culebrinas. Como el río Guaorabo se llamó por otro nombre río Aguada, Fray Iñigo trató con lógica aparente de encontrar en la bahía de Aguada-Aguadilla otro río caudaloso, además del Culebrinas, que coincidiera con la toponimia de su época. No encontrándolo porque no existe tal río allí, optó por llamar «río Aguada» al Caño Carrizal, que no puede describirse como río, sino una de las dos bocas alternativas del mismo río Culebrinas, un estero embalsado. Hizo tal descripción con graves dudas y con titubeos, pues lo señaló en una parte como río y en otra como caño, así como también declaró que su seña1.amiento de la bahía de Aguada-Aguadilla como la del descubrimiento era solo una conjetura y localizó al río Cañas por error tanto al norte como al sur de Punta San Francisco en el mismo contexto, demostrando una gran confusión geográfica.

Todas las descripciones antiguas de ese único y primitivo poblado del Oeste llamado «la aguada» y luego Villa de San Germán en la bahía de Añasco, coinciden sin excepción. En el año 1647 Fray Diego de Torres y Vargas, ya trasladado San Germán a las Lomas de Santa Marta, describió la Villa en forma tan precisa que no da lugar a ulterior confusión. Demostró que un poblado llamado «el aguada» existió en la bahía de Añasco, y al nombrarlo, lo hizo en relación directa y como predecesor de la Villa de San Germán, en donde declaró había un convento «del orden de Santo Domingo; y en !a Aguada hubo en los principios de su fundación otro convento de Señor San Francisco», o sea, refiriéndose en el mismo contexto al poblado del «aguada» primitivo de los primeros pobladores como predecesor de la propia Villa. Luego, al describir los ríos de la Isla escribió Torres Vargas: «En el Aguada hay dos ríos, el uno no tiene nombre, el otro se llama Calvache, y así mesmo dos quebradas sin nombre, en espacio de una legua, que hace una ensenada, y aquí es donde hacen agua y toman refresco las flotas de Nueva España». El único río nombrado es el Calvache, y es bien sabido que dicho río, llamado luego el río del Rincón por Fray Iñigo Abbad, desemboca dentro de la bahía de Añasco hacia su recodo norte, cerca de Punta Calvache, hoy Punta Cadena. Esto demuestra que todas las menciones «del Aguada» por Torres Vargas fueron con referencia a la bahía de Añasco, pues nunca mencionó el río Culebrinas ni tan siquiera la bahía en la cual éste desemboca. En dicha clara manera confirmó Torres Vargas tanto el famoso itinerario de Escalante, quien no figuró en su texto ni en su mapa la Aguada en la bahía de Aguada-Aguadilla en 1575, como al Presbítero Ponce de León en 1582, que al mencionar el río Culebrinas en su «Memoria» dijo que «no tenía nada memorable». Torres Vargas describió también la visita del Marqués de Villena, que «saltó en tierra en el Aguada» en 1640 y sabemos documentalmente, por testimonio del propio Marqués, que no existía el actual pueblo de Aguada en tal fecha así como que la visita fue al río navegable de siete leguas que desemboca en la bahía entonces despoblada de Añasco.

Pocos años después de haber escrito su «Descripción» el Padre Torres Vargas en 1647, ocurrió el ataque corsario al poblado de Piñales en 1673 por Beltrán D’Ogerón, y la referencia de los defensores a la bahía llamada por ellos «San Francisco de la Aguada» es inequívocamente de la bahía de Añasco. También existe la declaración del Jefe de Escuadra Capitán don Andrés Reggio en 1736, en cuyo mapa nombró la actual Punta Cadena de la bahía de Añasco como «Peña de San Francisco», en la bahía que llamó «ensenada o puerto de la Peña de San Francisco». El Mariscal de Campo Fernando Miyares González en sus «Noticias Particulares» declaró en 1775 que al oeste del actual pueblo de Aguada «está el puerto llamado la Peña de San Francisco, capaz de navíos de guerra y fue el primero que se descubrió en la isla». Estos documentos prueban que cuando visitaron ambos personajes el puerto llamado por ellos «Peña de San Francisco» y «Ensenada o Puerto de la Peña de San Francisco» era con tales nombres con los que se conocía por sus pobladores y por los cartógrafos la bahía de Añasco, tanto como lo había sido antes conocida con el nombre de «Bahía de San Germán y Guadianilla» según el mapa de Escalante. Eran sencillamente distintos nombres para la misma bahía, aunque sutilmente, al ir habitándose la bahía de Aguada-Aguadilla y al ir conociéndose el poblado que allí también nombraron Aguada, se fueron trastrocando los nombres, y olvidándose por un anacronismo los hechos históricos ocurridos en la bahía que originalmente llevó el nombre de «aguada», que fue la bahía de Añasco.

En cuanto al nombre de la primitiva aguada en 1a bahía de Añasco que nuestros indios la llamaron, segun los más antiguos cronistas Guaydía o Guaynía, que en taíno significaba jardín. Dicho nombre se aplicó modificado y españolizado a Guadianilla, a la bahía llamada de Sant Germán o Guadianilla» por el capitan Escalante, en la que desemboca el río Añasco. También se aplicó más tarde a la propia bahía de Guayanilla pues dicho nombre no aparece en las primitivas crónicas en relación con dicha bahía, sino con nombres como Coayuco o Yauco, Guánica y Guayanés. Es posible también que lo mismo que el nombre «Guayanés» se le dio por 1os indios tanto al río de ese nombre en Yabucoa, como al río que naciendo en las montañas de Peñuelas desemboca en la playa de Tallaboa, el nombre de Guaydía pudo darse tanto a 1a bahía de Añasco como a la de Guayanilla aunque pudo haberle sido puesto por los españoles al mudar la bahía de Guayanilla al mudar su poblado con nombre parecido desde Añasco. Se ha asegurado que el nombre de Guayanilla se derivó del apellido del coadjutor del Obispo Manso, Fray Francisco de Guadiana, pero las coincidencias toponímicas apuntadas nos hacen dudar de esa conjetura, sobre todo al observar que un río de la región se llamó Guayanés, por lo que parece una derivación españolizada del nombre taíno del río. En substitución de Guaydía, el nombre taíno para jardín, el cronista Miyares González usó el nombre Guadá en 1775 y Fray Iñigo Abbad en 1787 usó el nombre Guadilla, sugiriéndose ya para esa época la españolización gradual del nombre taíno, por lo que no es de extrañar que se llegara a la aparentemente lógica pero errónea conclusión moderna que Aguada se derivó de Guadá y Aguadilla de Guadilla, pues Guadá se conocía desde el siglo XVI.

Un detalle que se ha pasado por alto es que según los más antiguos documentos y cronistas, el nombre taíno de Guaydía tuvo que ser originalmente el que tenía la primitiva aguada en la bahía de Añasco, de cuyo nombre pudo también imitarse el de «la aguada», posiblemente por el parecido fonético con su nombre español. Es chocante tal coincidencia para algunos, aunque lo propio ha sido aceptado sin discusión por los que han señalado el descubrimiento por la actual bahía de Aguada-Aguadilla, o sea, que Aguada procede de Guaydía o Guadá, y Aguadilla de Guadilla. Como está documentalmente probado que ese primitivo lugar llamado «Aguada» estaba desde 1506 en la bahía de Añasco y no en la de Aguada-Aguadilla, este dato nos permite inferir que el nombre de Guaydía, españolizado a Guadá, Guadilla, o Guadianilla, significando jardín en el idioma taíno, era un nombre primitivo y propio en la bahía de Añasco, y muy posiblemente fue traspasado luego por los españoles a la bahía de Guayanilla al mudar allí su poblado.

Como hemos ya señalado, cabe la posibilidad sin embargo, que el mismo nombre fuera dado por los propios taínos a ambos sitios, como es el caso del nombre Guayanés, dado a ríos de Yabucoa y Peñuelas, así como también el nombre de Maunabo, dado tanto al río actual de ese nombre, como al río Guamá de San Germán en la antigüedad, pues la repetición de los mismos nombres taínos a dos o más regiones distantes era muy frecuente. El parecido fonético entre sí de los distintos nombres taínos que nos han llegado y que fueron aplicados a la región del río Guaorabo es muy significativo, así como la extraordinaria concordancia fonética con los nombres españoles dados por los colonizadores a la región. Los nombres taínos de la región de Añasco tenían todos la misma raíz «güe», con variaciones y derivaciones, y siempre indicaban su relación con aguas y pozos de agua, como Jagüey, Higüey, Yagüeca y Mayagüez. Como tanto su significado como su parecido fonético con el nombre de «aguada» tenía que provocar la curiosidad y llamar poderosamente la atención de los españoles, aparentemente los usaron indistintamente para significar lo mismo, agua, aguada, y pozo o manantial, pues en taíno, la radical «agua» significaba lo mismo que en castellano. Bagua significaba agua grande o mar, y tenemos como ejemplo los distintos nombres dados a regiones o islas como Cubagua, Guánica, Veragua, Ciguateo, Inagua, Manegua, Mayaguana y Guanahaní. Los doctores Perea en su «Glosario Etimológico Taíno-Español», (págs. 29-34) analizaron el empleo de esa palabra con distintas variantes, entre las que incluyeron Jagüey con la raíz «güe» en vez de «gua», argumentando que la raíz «gua» o agua se derivó del aruaco «vuin» que significaba agua y del caribe «hua», de la que se deriva la radical «güe» en taíno. Es así como podemos explicarnos el nombre de Jagüey para pozo de agua, Yagüeca para región de aguas y Guaorabo para río de grandes aguas. El parecido fonético con el vocablo castellano agua, y su concordancia en el significado, que es nada menos que asombroso, evidentemente condujo al uso indistinto o bilingüe de ambos nombres hasta fundirse definitivamente en uno sólo.

En vista de las concordancias y derivaciones apuntadas puede comprenderse como la palabra Jagüey, evolucionó a Higüey, Yagüeca y Mayagüez y porque esas palabras todas sinónimas de agua, pozos, ciénagas, manantiales y ríos se usaban coetáneamente junto con la palabra castellana Aguada simultáneamente. Podemos también comprender porqué la palabra tama Guaydía, que significaba jardín según Oviedo, y con cuyo nombre nombraron nuestros indios a la región de la primitiva aguada en Añasco, pudo relacionarse tempranamente por los españoles con la región en la que por vez primera se proveyeron de agua, frutos de la tierra y leña para sus barcos, llamándola apropiadamente «la aguada». Allí encontraron los españoles no solamente agua potable sin límite en los Jagüelles y en el Guaydía o jardín del Valle del Yagüeca, sino frutas abundantes como limones, cidras y piñas en una región tan intensamente cultivada por los indios que sostenía una población de varios miles de habitantes, pues pudo suplirle sin esfuerzo a don Juan Ponce de León en 1506 unos 600 indios de guerra. Esa región de plantaciones de frutas, yuca y algodón, tan extensas que alimentaban una población numerosa, serían verdaderos jardines de gran cultura, la que con justicia podía llamarse Guaydía, y a los españoles les tuvo que parecer muy lógico el nombre. En vista del marcado parecido, bien en el significado o en la fonética, del nombre con que los españoles bautizaron dicha región de «la aguada», con los nombres taínos de la misma región como Jagüey, Yagüeca, Guaorabo y Guaydía, bien pudieron usarlos indistintivamente, con todas las sutiles alteraciones que sufrieron a través del tiempo al españolizarlos. Así pudo Guaydía o quizá Guánica convertirse en Guadiana y luego en Guadianilla, así como Jagüey, que significaba pozo o manantial de agua en castellano, se transformó en Aguada y luego a su diminutivo, Aguadilla. Es el caso, a estas alturas, que no solamente existe abundante evidencia material y documental que prueba los extraños casos que hemos señalado de confusiones y anacronismos históricos, sino que la evidencia circunstancial tradicional es extraordinariamente fuerte y coincide con la documental, por lo que la verdad reside en esa coincidencia. Los antiguos cronistas escribieron cuando los hechos estaban aún frescos en la memoria y seguramente existían copias de documentos que luego se han perdido. Hemos tenido la fortuna de haber logrado recuperar algunos documentos originales traspapelados en los archivos que nos han permitido reconstruir el verdadero inicio histórico de la vasta región que ocupó el Partido de San Germán, cuyo germen fue el poblado de «la aguada» en la bahía de Añasco. A base de esa documentación está probado definitivamente que el nombre de «la aguada» fue dado por los españoles al río Guaorabo a la bahía en donde desagua y al poblado fundado allí mismo por don Juan Ponce de León al iniciar la colonización de Puerto Rico el 24 de junio de 1506, Día de San Juan. La circunstancia que luego ese mismo nombre fuera aplicado a otras corrientes de agua y a otra bahía más al norte no debe causar confusión con la región original así nombrada, tanto por los taínos como por los españoles.

Al desarrollar Fray Iñigo Abbad, y continuada luego por sus seguidores, la errónea conjetura del desembarco por la bahía de Aguada- Aguadilla, estos documentos ya habían desaparecido aparentemente o no estuvieron a su vista, por lo que era lógico que tratara de unir la tradición del descubrimiento por un sitio llamado «la aguada» con el nombre de un poblado así llamado ya existente en su época. Sin embargo, con la documentación conocida actualmente se puede reconstruir la realidad histórica, probándose que la confesada conjetura de Fray Iñigo Abbad estaba totalmente equivocada, pero condujo a sus seguidores por una senda falsa que ha causado un verdadero galimatías de conceptos históricos, geográficos, y toponímicos.

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Publicación autorizada por el Administrador; Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Filito, Filito at Large, Diccionario de la Lengua Mechada, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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