No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

El almendro y la abubilla

Alto y triunfante, muy erguido y apuntando hacia el cielo, un almendro sobresalía en el huerto. Se sentía feliz cuando los agraciados cotorritos, con sus vivaces colores, o los gorriones elegantes y señoriales se correteaban sobre sus ramas. Hospedaba con gozo jilgueros, ruiseñores, y otros pájaros cantadores.

Pero un día una abubilla se posó sobre una de sus ramas. El pájaro apoyó su oreja sobre la corteza del árbol y percibió el hormigueo de las minúsculas pero voraces larvas que abundaban debajo de la corteza. Enfiló su largo pico encorvado en el tronco del almendro, y comenzó a extraer las larvas y a devorarlas.

El almendro cayó en una negra tristeza. Ese pájaro escuálido, que hurgaba con el pico en su corteza y arruinaba su perfecto tronco, era verdaderamente insoportable. El soberbio almendro hizo todo lo posible para echar a la abubilla que por fin un día se fue.

Desde ese momento las pequeñas larvas pudieron engordar en paz y lentamente invadieron todo el tronco. Una noche, un solo golpe de viento fue suficiente para quebrar al orgulloso árbol.

Esta anécdota es por sí misma elocuente, a veces las ayudas que requerimos son dolorosas y molestas, sin embargo reflexionemos lo siguiente:

Todos necesitamos ayuda: Si alguien «mete el pico debajo de tu piel», mostrándote tus defectos y faltas, no te enojes, ¡dale las gracias!, en vez de sacudírtelo como aun molesto insecto.

Hay que dejar la actitud de autosuficiencia que nos lleva a querer resolver nuestros propios problemas sin ayuda pues nunca seremos lo suficientemente objetivos para ver lo que nos resistimos a ver, lo suficientemente humilde para reconocer nuestros errores y disculparnos por ellos, ni lo suficientemente atinados para encontrar el mejor remedio a nuestros males.

Hay que tener la valentía suficiente para mostrar nuestras debilidades y miserias a un «consejero», persona sabia juiciosa y prudente que nos ayuda en nuestro proceso de crecimiento.

El proceso de «limpieza» de nuestra alma y de «curación» de nuestras heridas puede ser doloroso, cansado y penoso, pero no por ello podemos dejar de hacerlo ya que si permitimos crecer el «cáncer» de nuestras miserias humanas y defectos terminaremos como el almendro del cuento, invadidos por completo, corroídos por dentro, muertos en vida y listos para derrumbarnos estrepitosamente ante los vientos de las dificultades cotidianas.

La «abubilla» que cada uno tenemos no es otra que la madre o el padre que nos corrige por nuestro bien, y que junto con los maestros, van modelando nuestra personalidad con firmeza y comprensión.

Una «abubilla» es también el amigo que en vez de callarse para evitar disgustos con nosotros, se atreve a hacernos ver cuando cometemos injusticias, cuando empezamos a engañar, a ser deshonestos o a ir nos por mal camino.

«Abubillas» son las autoridades civiles que nos exigen cumplir las leyes de tránsito, respetar el orden público y la propiedad y pertenencias de los demás, pagar impuestos que contribuyen al bien común a través del sostenimiento de servicios públicos.

«Abubilla» son los líderes de opinión cuando utilizan su poder de influencia para despertar en nosotros los más nobles sentimientos de solidaridad y seriedad con los necesitados, aquellos que denuncian injusticias sociales, que proponen caminos válidos de actuación civil sin manipularnos para manifestaciones inútiles y lesivas de los derechos de otros.

«Abubilla» es aquel ministro de Dios que fiel a su misión mueve nuestra conciencia a través de sus sermones o exortaciones.

«Abubilla» es, finalmente, nuestra propia conciencia que es la voz interior puesta por el mismo Dios para juzgar todos nuestros actos a la luz de su bondad o maldad, y que nos sirve como regla práctica de actuación en cada situación de vida al movernos a buscar el bien y evitar el mal, a no querer para otros lo que no queremos para nosotros mismos, y a buscar siempre los medios lícitos para alcanzar fines buenos, bajo el principio de que un fin bueno no justifica el empleo de medios ilícitos o malos.

Foto: Victor Guimera

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Publicación autorizada por el Administrador; Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Filito, Filito at Large, Diccionario de la Lengua Mechada, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.