No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

El plebiscito de Eugenio María de Hostos

El Plebiscito de Hostos

Antonio Quiñones Calderón- Aquí resulta necesario detenernos momentáneamente para referirnos a lo que constituye los orígenes del reclamo plebiscitario como proceso definitorio del status político final para la Isla. Es Eugenio María de Hostos el primero en hacer el planteamiento procesal del plebiscito, y lo hace tan pronto como comienza en la Isla la exigencia de poner fin al régimen militar impuesto en 1898. Con ese reclamo se abre la discusión plebiscitaria que ha de transcurrir irresoluta a lo largo de un siglo. El plebiscito que propone Hostos, en septiembre de 1898, sin embargo, es totalmente distinto al que se plantea históricamente a lo largo del siglo 20. El suyo está centrado en una «Asamblea Nacional» del pueblo puertorriqueño, que concretamente él explica así:

«Hay que convocar a una Asamblea Nacional.

Vayan allí los anexionistas condicionales y los incondicionales, los temporadistas o partidarios del gobierno temporal de Estados Unidos en Puerto Rico, y los puertorriqueños todos que representen alguna opinión no bien formada todavía.

Habrá dos proposiciones diametralmente opuestas, que expresarán las dos fuerzas vivientes de opinión.

Que los delegados vayan a fortalecer a los dos Comisionados, que juntos pidan la federalización de Puerto Rico, ya como territorio, ya como estado. O los apoderados de la Isla pidan el gobierno temporal, y declaren que el propósito de Puerto Rico es formar en lo futuro una Confederación Antillana.

Votar por una u otra de esas proposiciones será votar por o contra la anexión.

Es un plebiscito en corta escala, el que hoy está más a nuestro alcance, y el que más rápida y sencillamente podemos efectuar.
Vamos a él, veamos por medio de él quiénes somos mayoría, quiénes somos minoría, y quiénes debemos seguir interpretando la voz de nuestro pueblo; quiénes debemos enmudecer ante la voz de nuestro pueblo».44

Al exponer su propuesta plebiscitaria, Hostos expresa: «Aceptaremos la anexión a Estados Unidos si ésta es la voluntad de los puertorriqueños. De lo contrario, le daríamos a la Federación del Norte el mejor tributo que una nación puede recibir solicitándole un temporero protectorado por veinte años. No sería un protectorado de fuerza y poder, sino uno de guía hacia la libertad y progreso».45 Para Hostos, la integración de Puerto Rico a Estados Unidos – que la ve venir de inmediato – no debe realizarse sino mediante un plebiscito. Según escribe Loida Figueroa en su Breve Historia de Puerto Rico, tal parece que Hostos, «en lucha con el tiempo, quería que el plebiscito se hiciera de inmediato, creyendo que la anexión también sería inmediata», pero en 1900, afirma la distinguida historiadora ya fallecida, «cuando partió para la República Dominicana, ya no estaba tan seguro de su eficacia». (Tomo II, página 260). La propuesta de Hostos, que no se basa en una consulta organizada sino en una iniciativa del pueblo, no prospera. Es la primera, pero no la última. Poco menos de un año después de su propuesta, en entrevista que le hace el periódico El País, publicada el 17 de junio de 1899, Hostos sostiene: «Puerto Rico está ahora en posición de ser un territorio de la Unión Americana. No pude retroceder a ser de nuevo una colonia sin una amplia autonomía. Deseamos ser hermanos de los americanos, no sirvientes. Tenemos el derecho de ser americanos de primera clase con todas las prerrogativas de un país libre. Así es que tenemos la esperanza de tener un Gobierno civil».46 La historia política de Puerto Rico sigue su curso.

Notas:

44. Ver La Asamblea Constituyente – el destranque del tranque puertorriqueño, Juan Mari Bras, 1986, p’s. 5 al 8.

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Antonio Quiñones Calderón, fue un destacado redactor de los desaparecidos diarios El Imparcial y El Mundo, también en un momento crucial de su trayectoria: la década del 60. En 1968, aceptó cumplir las funciones de Secretario de Prensa del entonces, recién electo gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré. En el desempeño de esta posición, primero con Ferré y luego en los dos períodos de Carlos Romero Barceló, fue testigo excepcional de las transformaciones de la prensa puertorriqueña. Durante la decada de 1980, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y poco después sub director de El Mundo. Tiene publicados también varios libros de historia política.