No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

La independencia gana un «plebiscito»

La independencia gana un «plebiscito»

Antonio Quiñones Calderón- Por pocos es conocida la celebración, en 1903, del primer «plebiscito» sobre status efectuado en la Isla. E igualmente pocos conocen el resultado de esa consulta: el triunfo de la indepedendencia. No se trata, sin embargo, del plebiscito que todos conocemos – producto de una ley, con reglamentos precisos administrados por una entidad electoral legal, con representantes de cada una de las fórmulas políticas en competencia, etcétera –, sino de una consulta auspiciada a través del correo por el entonces principal periódico de la Isla, La Correspondencia de Puerto Rico, dirigido por Manuel Zeno Gandía. El «plebiscito» es promovido por José Julio Henna, el presidente del Partido Revolucionario de Puerto Rico de 1898; la Comisión de Puerto Rico a Washington integrada por Henna, Hostos y Zeno Gandía, y la Liga de Patriotas dirigida por Hostos. Al referirse al evento, el eminente historiador y catedrático de la Universidad de Puerto Rico, Francisco Moscoso, se refiere al ambiente político que permea por esos días en la Isla tras el fin de la Guerra Hispano Americana. En un ensayo que publica en la Revista Domingo de El Nuevo Día del 22 de noviembre de 1998, Moscoso dice, por un lado: «Desde el momento en que se desencadenaba la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico en 1898, se levantaron voces prominentes defensoras de la libertad de las naciones, clamando para que se llevara a cabo un plebiscito. Al acabarse el colonialismo español, este plebiscito debería producirse bajo las condiciones de completa libertad de los puertorriqueños y no subyugados al poder de ningún otro país». De otro lado, apunta Moscoso: «Deslumbrados por el nivel alto de desarrollo del capitalismo industrial en Estados Unidos y bajo la creencia de aquél ser el reino de la más pura democracia y del respeto de los derechos de todos los individuos sin distinción, algunos puertorriqueños que habían sido fervorosos partidarios de la autonomía o de la independencia en tiempos de España, se transformaron en partidarios del americanismo y de la anexión. Pero pronto, muchos se desengañaron. Los hechos y prácticas del gobierno de Estados Unidos, efectuando una nueva conquista colonialista, hablaron más claro que cualquier pretendida buena intención». (Ciertamente, Hostos, Henna y Félix Matos Bernier figuran entre los «deslumbrados», según consignado en una subsección anterior). De todos modos, vamos al «plebiscito».

El periódico publica un talonario diseñado para la consulta, durante el período del 28 de febrero al 28 de abril. Este tiene un espacio para que el lector escriba su nombre o un anónimo y anote sus correspondientes puntos de vista relacionados con su voto. Las opciones a votarse son: territorio, (para en su día ser Estado de la Unión Federal); independencia (reconocimiento de Puerto Rico como nación independiente y ciudadanía puertorriqueña); gobierno temporal (reconocimiento de la ciudadanía puertorriqueña y celebración de un plebiscito formal entre territorio e independencia dentro de 20 años); colonia (status quo sin derechos de índole alguna), y confederación antillana (reconocimiento de la independencia de la Isla en confederación con Cuba y República Dominicana, entre otras antillas). (Casi un siglo más tarde de la votación entre esas opciones, Puerto Rico sigue batallando por definir su destino político). Al concluir el período prescrito por La Correspondencia, se reciben 54,338 «votos», distribuidos así: independencia, 17,025 (31.3 por ciento); gobierno temporal, 15,186 (27.9 por ciento); territorio, 14,414 (26.5 por ciento); confederación antillana, 7,651 (14 por ciento); colonia, 62 (0.1 por ciento). Sostiene atinadamente Moscoso que como la confederación antillana presupone la independencia, sumados sus votos a la opción ganadora, ésta registra el 45 por ciento. Lo que hay que ver también es qué porción del 27.9 por ciento que vota por el gobierno temporal para luego celebrar un plebiscito entre territorio e independencia, corresponde al territorio y qué porción a la independencia. Los 54,338 «votos» recibidos por el periódico representan el 37 por ciento de los emitidos en la elección general del año siguiente, y el 24.1 por ciento de los 225,262 electores registrados para votar en 1904. Al darle validez y peso electoral a la iniciativa de La Correspondencia, dice Moscoso en el ensayo citado: «Someto a la consideración crítica de todos, que las realidades históricas no se reconstruyen exclusivamente a base de las instancias oficiales y legales vigentes en las sociedades, en un momento dado. Eso lleva a formar visiones unilaterales, estrechas y donde cuentan supuestamente sólo los vencedores. Los pueblos y la historia son más complejos que eso. El plebiscito extraoficial es lo que más nos acerca al 1898 en materia de opinión pública». De otra parte, vale insertar a continuación el planteamiento que  a raíz de la consulta de La Correspondencia publica el jueves 30 de abril en el periódico el miembro de la Cámara de Delegados republicano por San Juan, Luis Sánchez Morales, porque incide sobre la más que centenaria lucha por la definición final del status de la Isla, a decidirse entre una de dos alternativas: la integración a la Unión federal o la independencia. El planteamiento de Sánchez Morales, publicado bajo el título «Un voto particular», dice en parte:

«Si el plebiscito que abriera en sus columnas LA CORRESPONDENCIA no produjera otro resultado que el de solicitar la opinión hacia las soluciones que el periódico propone como temas de votación, sería ese solo suficiente para considerar beneficiosa esa campaña electoral sui generis, en que cada votante ha exteriorizado su criterio con absoluta libertad de acción. No hemos de creer que la mayoría resultante en ese escrutinio, sea la que haya de resolver nuestro porvenir; pero no podemos negar que esos votos representan las opiniones de otros tantos puertorriqueños que han dedicado siquiera un momento a pensar en la suerte de su patria, y tampoco es aventurado suponer que los hombres pensadores del pueblo norteamericano meditarán alguna vez sobre lo que esos votos significan.

Propusiéronse a nuestra consideración, dentro de la solución ‘anexionista’, las fórmulas de Territorio, Gobierno Temporal y Colonia, y dentro de la fórmula ‘separatista’, la Independencia y la Confederación Antillana; y mientras más las estudiamos, menos nos satisfacen esas fórmulas, y más notamos la falta de un término definitivo que en nuestra opinión es el único capaz de satisfacer nuestras aspiraciones, conciliando los intereses puertorriqueños y norteamericanos. Esto nos obliga a justificar, aunque brevísimamente, nuestra inconformidad con las soluciones propuestas; y a fundar nuestro voto en apoyo de la que consideramos aceptable.

La fórmula de TERRITORIO, si se compara con la situación actual, significa para nosotros un progreso en cuanto define la situación de la isla y sus habitantes, haciendo de Puerto Rico parte integrante de la Unión, y de los puertorriqueños ciudadanos americanos amparados por la Constitución, permitiéndonos enviar un representante con voz y sin voto al Congreso Federal. Pero considerada en absoluto, o comparada con la organización autonómica de que disfrutamos en la última época de la dominación española, es indudable que implica un retroceso y hace nuestra condición bajo la soberanía de la República Norteamericana, más inferior de lo que fue bajo aquella monarquía. El Gobernador y los Jueces del Tribunal Supremo serían nombrados por el Presidente de la República, ‘sin nuestro consentimiento’; nuestra legislatura colonial quedaría sometida a la autoridad del Congreso Federal que puede sin limitación alguna anular las leyes o variar la organización territorial. Los Territorios no toman parte en las elecciones presidenciales ni tienen senadores ni representantes en el Congreso.

Consideramos la fórmula de GOBIERNO TEMPORAL en el grupo de la solución anexionista, porque en ella se reconoce implícitamente la soberanía del gobierno de los Estados Unidos; y si bien el establecimiento de una forma de gobierno republicano bicameral representaría algo mejor que lo actual, bajo el supuesto de que ambas Cámaras fuesen electivas en su totalidad, quedaríamos, por lo demás, en una situación tan indefinida como la que hoy tenemos. Quedaríamos sometidos a una especie de condición resolutoria, pendientes de que el ‘plebiscito’ decidiere al cabo de 20 años si habíamos de ser Territorio de la Unión o Estado independiente; y como por razones que a nadie se ocultan, la balanza se inclinaría entonces del lado de la anexión, no vemos que se resuelva ningún problema con esperar esos 20 años. La cuestión que entonces había de resolver el plebiscito es la misma que hoy tenemos planteada: o anexión o independencia.

La fórmula de COLONIA como definitiva dentro de la solución anexionista, significa, según LA CORRESPONDENCIA, el staus quo, con algunas variantes, sin declaración de ciudadanía determinada. Aunque entendemos este sistema colonial en un sentido más amplio, porque suponemos que ha de traer consigo la declaración de la ciudadanía americana; no representaría progreso alguno comparado con el régimen actual, a no ser que se planteara en los mismos términos o más amplios si cabe que la Constitución autonómica española del año 1897; y si aquella pareció a algunos poco liberal, no sería lógico que ahora se aceptara otro régimen autonómico que empieza por dejar en la indefinición nuestro derecho de ciudadanía, confunde las funciones del poder ejecutivo con las del legislativo, y entrega los destinos del pueblo en manos de un Consejo Ejecutivo que no elige ese pueblo».

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Antonio Quiñones Calderón, fue un destacado redactor de los desaparecidos diarios El Imparcial y El Mundo, también en un momento crucial de su trayectoria: la década del 60. En 1968, aceptó cumplir las funciones de Secretario de Prensa del entonces, recién electo gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré. En el desempeño de esta posición, primero con Ferré y luego en los dos períodos de Carlos Romero Barceló, fue testigo excepcional de las transformaciones de la prensa puertorriqueña. Durante la decada de 1980, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y poco después sub director de El Mundo. Tiene publicados también varios libros de historia política.