La última partida de ajedrez

Era una noche oscura y fría. Jorge bebía su café sentado en su sillón favorito en la sala de su casa. Su familia dormía y él reflexionaba tantas cosas, que perdió la noción del tiempo.

Eran las tres de la mañana, llevó su taza vacía al lavaplatos y abrió el refrigerador para prepararse un refrigerio.

Cuando cerró la puerta, vio junto a él, a una figura muy conocida, pero en nada apreciada. La espectacular imagen le arrebató el sueño en un instante, y lo miró fijamente y le dijo con voz tenue:

— ¿Sabes bien a qué he venido?

El asintió con la cabeza y le dijo:

— Sí, lo sé. Ya es hora.

La muerte confundida le preguntó a su víctima.

— ¿No vas a llorar? Todos lo hacen, se arrodillan y suplican, juran que serán mejores, ruegan por una oportunidad. ¿Tú por qué no?

Temeroso aún, y con un nudo en la garganta, Jorge le respondió:

— ¿De qué me sirve? Nunca me darás otra oportunidad. Tú sólo haces tu trabajo.

— Claro, solo hago mi trabajo.

— ¿Puedo despedirme de mi familia? Cuestionó Jorge con ligera esperanza de recibir un sí.

— Tú has dicho que sólo hago mi trabajo, yo no decido la hora ni el lugar, mucho menos los detalles. Lo siento. Poca gente piensa en su familia en vida, pero al llegar este momento, todos piden lo mismo.

— No lo entiendes, dijo Jorge con tono de reproche, yo perdí a mi padre cuando tenía 17 años y mi sufrimiento fue grande, pero mi hija menor tiene tan solo 7, déjame decirle que la amo.

— Tuviste 7 años para decírselo, tuviste muchos días libres, muchos cumpleaños, fiestas y momentos en que pudiste decirle a tu hija que la amas. ¿Por qué solo pensaste en tu hija?

— Mi hijo mayor no me creería, y mi esposa, a ella no creo que le interese si la amo o no. Nos hemos distanciado mucho, es una gran mujer y excelente madre, no la supe valorar, ¡cómo me arrepiento! Pero mi niña, no hay día que entre yo por la puerta y no esté ahí para recibirme con un beso.

— Deja de hablar, ya se hace tarde.

— Está bien. Sabes, este momento hace que mucha gente haga conciencia de su vida. Lástima que sea demasiado tarde.

Salieron ambos al patio; un extraño tren aguardaba en la calle y lo abordaron.

— No todo es aburrido en la muerte, no te puedo decir lo que pasará, pero te propongo que juguemos ajedrez para matar el tiempo.

Con una sonrisa y una lágrima, Jorge dijo:

— Qué curioso, creí que no tenías sentido del humor.

El juego se inició. Jorge no se calmaba, aunque comenzó ganando, consiguió un alfil y un caballo. Pero era obvio que eso no le alegraba.

La muerte le preguntó:

— ¿A qué te dedicabas en vida?

– Soy, es decir, era un empleado en una fábrica de calzado.

— ¿Obrero? No, trabajaba en la administración.

— Ah, supongo que tú te encargabas de ver si algo faltaba en producto o dinero.

— Si, en parte era así. No entiendo por qué a mí.

— No entiendes qué. Ustedes teniendo tantas cosas que hacer se encierran en el trabajo, se olvidan de los sentimientos, no les importan los demás, se vuelven egoístas y violentos, para que al visitarlos yo, demuestren ternura, humildad, tristeza, miedo e incluso lloren. ¿Por qué esperar a que llegue yo, si ya nada podré hacer?

— No lo sé… No lo entiendo.

— En cambio yo, soy como un simple peón, haciendo lo que debo hacer y nada más. Mientras ustedes, son dueños de su propia vida, capaces de decidir qué harán con ella, ¿y para qué? Si su peor decisión es desperdiciar su vida.

— Te creí más cruel, comentó Jorge.

El silencio reinó por unos instantes, mientras Jorge ponía en jaque a la muerte.

— Dime, ¿qué pensabas cuando te casaste?

— Pensaba en ser feliz, formar una linda familia, en formar parte de la sociedad.

— ¿Y lo lograste?

— ¿Es broma verdad? Me encontraste solo en mi cocina, durante la madrugada, y te pedí despedirme de mi familia y pedirles perdón.

— Es obvio que no lo hice. Si hubiese mostrado más amor a mi familia, la despedida no hubiera sido necesaria.

Ya las lágrimas se habían secado del rostro de Jorge, y de pronto exclamó suavemente ¡jaque mate!

La muerte sonrió y dijo:

— ¡Felicidades!

Suspiró Jorge y respondió: Es una pena que no sirva de nada. No me importaba ganar, de todos modos ya estoy aquí.

Un simple juego de ajedrez no aleja mi mente de la familia, de mis hijos, mi esposa.

Las lágrimas brotaron de nuevo en el rostro de Jorge, quien se cubrió el rostro con ambas manos.

Y mientras él sollozaba, la muerte exclamó:

— ¡Llegamos!

Jorge intentó calmarse, y al abrir los ojos estaba de nuevo en su viejo sillón, se secó las lágrimas,eran las 6 con 45 de la mañana.

Y en lugar de gritar ¡Estoy vivo! como lo haría cualquier otro, salió al patio y dijo con voz tenue:

— Gracias «Dios» mío.

Caminó de vuelta a su casa, entró a la habitación de su hija, la tomó en brazos y fue donde su hijo dormía, le hizo cosquillas en los pies, y le dijo:

— Hijo, despierta, es domingo.

— ¿Me despiertas para decirme que es domingo?

— No hijo, los desperté para decirles que los amo.

No esperes jugar ajedrez o lo que sea, mucho menos pedir más tiempo; hazlo ahora y dile a tus seres queridos que los amas…

Si estás cerca de Dios, cuando te toque irte, te irás tranquilo y feliz, habrás cumplido tu misión.

Has que tu vida juegue, el mejor juego de ajedrez… tu familia.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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Publicación autorizada por el Administrador; Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Filito, Filito at Large, Diccionario de la Lengua Mechada, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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