La Unificación Puertorriqueña Tripartita

La primera gestión del nuevo líder máximo liberal es intentar una alianza de liberales, unio–republicanos y socialistas, sobre lo que dialoga con Bolívar Pagán, presidente interino del Partido Socialista. Pagán rechaza la propuesta. Entonces busca Ramírez Santibáñez la coalición sólo con la Unión Republicana, que varios importantes líderes de ese partido, con Miguel A. García Méndez a la cabeza, favorecen, pero es rechazada por su presidente Martínez Nadal. Para esta época el líder socialista Prudencio Rivera Martínez, involucrado en una lucha personal con Pagán, a quien intenta desbancar de su ascendencia con Iglesias, es expulsado del socialismo durante una asamblea celebrada en agosto de 1939. Iglesias apoya plenamente a Pagán – su yerno – y respalda el acuerdo de la asamblea expulsando a Rivera Martínez «deshonrosamente», y señala que la campaña contra Pagán es «un pretexto para destruir al Partido Socialista». Presto al desquite, Rivera Martínez inicia reuniones con Ramírez Santibáñez y García Méndez para buscar la formación de una nueva coalición o alianza partidista. El liderato de la Unión Republicana radica cargos contra García Méndez por su intento de coalición con ambos líderes, pero éste niega los mismos y el comité central del partido lo exonera. Sorpresas aguardan a quienes decretan la exoneración. En agosto de 1939 se da cuenta en la prensa de una reunión en Nueva York en la que participan Ramírez Santibáñez, Rivera Martínez y García Méndez para estructurar la nueva alianza. García Méndez vuelve a negar que ese sea el propósito de sus reuniones. El 3 de diciembre de 1939 un grupo de seguidores de Rivera Martínez se reúne en asamblea en el teatro Tres Banderas de San Juan y deja establecido un nuevo partido político: el Partido Laborista Puro. El socialista expulsado ya tiene su partido y su presidencia. Vicepresidentes por acumulación son elegidos José Ferrer Canales, Antonio Reyes Delgado, Francisco Paz Granela y Cirilo Avilés. Durante la asamblea se aprueba una resolución acordando una futura coalición con el Partido Liberal, varios de cuyos líderes se presentan a la asamblea en representación de Ramírez Santibáñez. En la resolución de apoyo a la coalición o alianza con los liberales no se especifican los principios en que ésta se basa. Dos días después, la Isla es conmovida con la muerte – debida a una condición malárica – del insigne líder obrero y político Iglesias Pantín. Encabezados por el presidente Franklin D. Roosevelt, líderes políticos, cívicos y del trabajo de Estados Unidos y de Puerto Rico elogian las luchas y la esforzada odisea pública de Iglesias. El periódico El Mundo resume acertadamente la obra del líder desaparecido en su editorial del día siguiente:

«Con la muerte de Santiago Iglesias pierde el movimiento obrero organizado de Puerto Rico a su más caracterizado propulsor. Desde el año 1896, en que se trasladó a la Isla, inició sus luchas en favor del mejoramiento económico y social de las masas trabajadoras, y a esa causa consagró sus mayores esfuerzos y sus más altos afanes.

Al arribo de Iglesias a la Isla no contaba el obrero puertorriqueño con organización de clase alguna ni tenía a su disposición instrumentos adecuados para obtener el reconocimiento de sus derechos y mejorar sus condiciones de vida y trabajo. Las sociedades de artesanos que a la sazón operaban en el país, obedecían generalmente a propósitos recreativos y fraternales, no a ideales de militancia obrera. Iglesias se percató de esta situación, y vivamente interesado en despertar la conciencia del trabajador nativo, se dio a la ímproba tarea de poner en su conocimiento las normas de organización y las tácticas seguidas por el proletariado de otros pueblos para la reivindicación de sus derechos.

En esta dirección realizó el animoso líder una labor de extraordinaria eficacia social, formando el espíritu de unión y de organización de las clases obreras, enseñándoles a reclamar sus derechos ciudadanos, y despertando en ellos ideales de mejoramiento colectivo. Llevó a cabo esa obra de cívicos empeños, con generosa dedicación a la causa obrera, con férreo espíritu de lucha, realizando sacrificios personales, sufriendo encierros que en aquella época trataban de menoscabar el progresivo desarrollo de estas ideas de emancipación proletaria».

Bolívar Pagán sucede a Iglesias en la presidencia del Partido Socialista y en el cargo de comisionado residente. Mientras tanto, continúan las reuniones secretas entre Ramírez Santibáñez, Rivera Martínez y García Méndez tendientes a la formación tripartita. Denunciadas éstas por varios testigos, García Méndez vuelve a negar que esté participando en reunión alguna en que se esté fraguando una nueva coalición política. Según dice, su presencia en la última reunión en la residencia de Víctor Coll Cuchí obedece a «un asunto profesional». Convencido Martínez Nadal de que el líder unio-republicano y speaker de la Cámara participa en una confabulación para dividir el partido, emite desde Washington, donde se halla recibiendo tratamiento médico el 24 de mayo de 1940, unas declaraciones en las que anticipa pedirá a su regreso a la Isla la expulsión de éste de la colectividad. Martínez Nadal recalca que hace tiempo viene informando de las actividades tripartitas del Speaker señor García Méndez, «que debe su alto cargo representativo a la voluntad del Partido Unión Republicana y a los votos de nuestros coligados Partido Socialista», que quiso dar tiempo a éste «para que rectificara su conducta lesiva a la disciplina, principios e intereses de la Unión Republicana y la Coalición», que puso fe en sus negativas ante el comité territorial del partido y en su telegrama publicado en la prensa de Puerto Rico, pero que las «informaciones recibidas de personas honorables y de mi absoluta confianza, además de las informaciones que últimamente han sido autorizadas por el periódico El Mundo, me han hecho llegar a la conclusión de que García Méndez se ha dedicado a actividades políticas con los adversarios del Partido Unión Republicana, que mantienen principios políticos contrarios a los nuestros, en violación a los acuerdos oficiales del partido, lo que no puede interpretarse más que como una deslealtad a los principios del partido e insubordinación contra los acuerdos del Comité Territorial, deslealtad al Jefe del partido y a los compromisos de honor que la asamblea soberana contrajo en hora solemne con el Partido Socialista, ingratitud a la Coalición a la que debe lo que ha sido en política hasta ahora». Avisa que convocará los organismos del partido para que tomen los acuerdos pertinentes, y advierte: «Rafael Martínez Nadal no podrá figurar en el mismo partido en que milite persona que haya asumido la conducta tortuosa seguida por García Méndez dentro de la Unión Republicana. Sepan todos que yo rehusaré todo contacto político con algún supuesto correligionario que con García Méndez trabaje contra la línea de conducta del Partido Unión Republicana en su destino trazado para la defensa de la Coalición, de nuestros grandes ideales y de los intereses de Puerto Rico».

La fuerte declaración de Martínez Nadal obliga a García Méndez a aceptar sus actuaciones a espaldas del presidente de su colectividad política y a abogar por la «unificación puertorriqueña». En floreteadas declaraciones públicas sostiene: «Aunque se pretenda inútilmente tacharme de desleal, aunque se me amenace puerilmente con expulsiones, considero que es tan grave el peligro en que están mis correligionarios de la Unión Republicana de ser burlados en su deseo y su voluntad de que no se les lleve como reses a una nueva Coalición, y es tan evidente e inminente el peligro que con esos intentos se cierne sobre el futuro del país en general, que ha llegado la hora de que los hombres puros, limpios y libres de la Unión Republicana hagamos conocer públicamente nuestro criterio de que debemos formar la Conjunción Patriótica de fuerzas que la opinión pública está hace tiempo reclamando, y de que nos organicemos sólidamente para hacer respetar nuestros derechos y abrir nuestros brazos fraternalmente a los buenos liberales, a los buenos laboristas, a los buenos populares, a los buenos socialistas y a los buenos apolíticos que piensan igual que nosotros y que están dispuestos a fusionarse, a unirse, para bien del destino de nuestro pueblo. Si en mi partido no hay otras manos que la tomen, yo ofrezco las mías para llevar la bandera de este movimiento arrollador de unificación portorriqueña a la gloria de un triunfo resonante. Con la convicción absoluta de que el momento es maduro para ello, con la seguridad más inconmovible en la victoria y poniendo mi alma como una lámpara votiva en el altar de la patria, yo repito con renovados alcances mi llamamiento del año pasado y os digo con los brazos abiertos y extendidos: ‘¡Portorriqueños, a la unión!’».

La suerte está echada para el principal partido estadista de la época. El 14 de julio siguiente se reúnen en asamblea, en tres pisos distintos del edificio La Colectiva de San Juan, los partidos Laborista y Liberal y numerosos miembros de la Unión Republicana adeptos a García Méndez que se identifican como la Unión Republicana Reformista. Tras las deliberaciones separadas de las tres agrupaciones, éstas acuerdan fusionarse en una sola colectividad bajo el nombre de Unificación Puertorriqueña Tripartita, que aprueba un programa político cuya finalidad es la conversión de Puerto Rico en un estado de la Unión Americana. Reconoce el programa «la existencia en Puerto Rico de dos distintas corrientes de opinión en cuanto a la definición de su status político, una favorable a la constitución de Puerto Rico en una comunidad independiente, en amistad y armonía con el pueblo de Estados Unidos; y la otra favorable a la constitución de Puerto Rico como un Estado de la Unión Americana; declara que «es unánime el convencimiento de que Puerto Rico puede alcanzar su felicidad y desarrollar su destino en unión permanente con el pueblo de Estados Unidos», y sostiene que «el supremo ideal de Puerto Rico y de este partido, el cual nos comprometemos a sostener y demandar, es convertir a Puerto Rico en un Estado de los Estados Unidos de América, mediante la celebración de un referéndum para que el pueblo decida en cuanto a dicha solución política. Mientras tanto, procede demandar inmediatas medidas liberalizadoras del régimen hoy existente».

Una junta central dirige la unificación, compuesta ésta por los principales líderes de sus tres alas: Ramírez Santibáñez, García Méndez y Rivera Martínez, además de Blas Oliveras, María Luisa Arcelay, Lastra Chárriez, Epifanio Fiz Jiménez, Etienne Totti, Félix Ochoteco hijo, Paz Granela, Juan B. García Méndez, Manuel Pavía Fernández, Cirilo Avilés, Arturo Ortiz Toro, Rafael Vallés, Francisco Ramírez Vega, Manuel Marín, Felipe Sánchez Osorio, Benigno Sorrentini, Eduardo Cautiño, María M. de Pérez Almiroty, Josefina Barceló de Romero, Concepción Cruz Escobar, José S. Alegría, José Ferré, Luis Dubón, Hipólito Marcano, Gaspar Rive­ra Cestero, Reyes Delgado, Luis Rechani Agrait, Benicio Sánchez Castaño, y Oscar Souffront, entre otros. Por su parte, los partidos Unión Republicana y Socialista efectúan sus respectivas asambleas y acuerdan continuar el pacto electoral existente desde 1932. Aunque para los distintos cargos electivos ambos partidos se dividen sus candidatos, para el de comisionado residente postulan un solo candidato: Bolívar Pagán. La Unificación Puertorriqueña Tripartita nomina a Miguel A. García Méndez y el Partido Popular Democrático, a Antonio Fernós Isern.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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Antonio Quiñones Calderón, fue un destacado redactor de los desaparecidos diarios El Imparcial y El Mundo, también en un momento crucial de su trayectoria: la década del 60. En 1968, aceptó cumplir las funciones de Secretario de Prensa del entonces, recién electo gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré. En el desempeño de esta posición, primero con Ferré y luego en los dos períodos de Carlos Romero Barceló, fue testigo excepcional de las transformaciones de la prensa puertorriqueña. Durante la decada de 1980, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y poco después sub director de El Mundo. Tiene publicados también varios libros de historia política.

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