Leonor Ponce de León

Aurelio Tió- Refirámonos a uno de los famosos descubridores de América y a su esposa casi desconocida, la que podemos considerar como la primera puertorriqueña, tanto en el orden cronológico, como en rango y categoría, pues fue nuestra original primera dama. Al mismo tiempo, podemos consíderar el hogar que formaron, como el de la primera familia cristiana constituida en Puerto Rico, pues contrario a muchos conquistadores que se amacebaban con indias, Don Juan Ponce de León contrajo nupcias en el Nuevo Mundo con una parienta cercana, al igual que él, natural de España, formándose así la primera familia puertorriqueña, tanto en antigüedad como en categoría.

Ese primitivo núcleo familiar pertenecía a la más rancia nobleza española, pues nuestro primer gobernador era sobrino carnal del héroe más grande de la Reconquista. Don Rodrigo Ponce de León. Duque y Marqués de Cádiz y Conde de Arcos. La esposa se llamó doña Leonor Ponce de León, y era su prima segunda, hija de Hernán Ponce de León, primo de nuestro primer gobernador. Fue la primera mujer española en que residió en Puerto Rico, pues don Juan Ponce de León obtuvo la autorización de traerla a ella y a sus hijos el 2 de mayo de 1509, desde la Villa de Salvaleón del Higüey en la Española, recién terminada la construcción de su casa-fuerte en Caparra. Como damas de compañía para su esposa se le permitió traer las esposas de dos de los veteranos expedicionarios que ya estaban en Puerto Rico, Pedro Campano y Diego Gómez, en una nave propiedad de Ponce de León, Maestre, Alonso de San Martín. En ese navío se trajeron comestibles, ropa, muebles y medicinas, así como aves de corral y ganado vacuno y porcino, pues vinieron preparados para poblar permanentemente en todo el sentido de la palabra con un plan colonizador que comprendía la fundación de una sociedad española típica. Constituyó ése el primer acto del drama histórico puertorriqueño, que gira alrededor de esa etapa genética que estableció el inicio de nuestra cultura, con ese núcleo vital original. La proliferación de tal núcleo con sus adiciones a manera de olas circulares concéntricas, se fue ensanchando en torno a ese núcleo étnico primitivo, que por su moral cristiana, dio un ejemplo que siguieron en idéntica trayectoria las otras familias que se fueron estableciendo en nuestra isla, cruzándose entre sí, y creando así la sociedad puertorriqueña.

Esta sociedad fue constituida con un propósito de permanencia desde sus comienzos, y no con la idea de residir, como otras, temporalmente, obtener grandes riquezas, y regresar a la Madre Patria a disfrutarlas. Esa primera familia se afincó aquí, y aún cuando algunos hijos y nietos fueron enviados a estudiar a España, México y el Perú, regresaban a esta isla a establecer sus familias, trazándose desde sus comienzos esa ansia de adquisición de educación y cultura externas que ha caracterizado a nuestras familias desde principios del siglo xvl.

Tenemos amplia evidencia que la primera pobladora puertorriqueña, Doña Leonor Ponce de León, ejerció una influencia extraordinaria y duradera en la moral y cultura de nuestro pueblo con su ejemplar conducta y por su evidente hacendosidad en sus tareas domésticas.

No hay quién pueda negar la enorme influencia de la mujer como ancla de la familia, no solo en la preservación de la moral, sino en la preservación de la cultura y el arte, y de la pulcritud en el hogar. Han reconocido los filósofos que el hombre acepta por instinto la superioridad de la fuerza bruta y la astucia como las cualidades que conducen al éxito en la lucha por la existencia. Tiene la tendencia a aceptar que la voluntad férrea y no la razón son generalmente las claves de la vida, pues como propugnara Nietzche, la guerra purifica y ennoblece al hombre, pero la mujer los amansa hasta que logra que amen las paz. La sensibilidad femenina purifica las actividades agresivas que al hombre le da la fuerza de su apetito animal, la pasión y la voluntad, pues detrás de los rígidos hábitos prácticos de su conducta se halla a menudo la aureola de la actividad espiritual femenina. Sirve así la mujer de intermediaria entre las distracciones del pensamiento y la acción del hombre, que lo alejan de la influencia moral civilizada de la humanidad. Los instintos de veneración u obediencia, unión, y benevolencia o protección, aparecen como un fenómeno biológico mayormente en la mujer, en forma de actividad espiritual semioculta y de una sensibilidad natural a las cosas bellas y buenas del mundo, que son las principales fuerzas de la belleza o estética y la moral o ética.

Esa function como guardián moral del hombre puede provenir de la madre, de la esposa o de la hermana, quienes sirven de unificadoras del presente con el pasado, para preservar la influencia de la familia a través de las generaciones.

En nuestra primera familia, la influencia femenina fue providencial y afortunada para nuestro país, según evidencia material arqueológica. En las excavaciones de su residencia en Caparra, que estuvo ubicada en medio de la selva y cercada por indios hostiles, se excavaron azulejos sevillanos, fina loza de mesa y frascos de perfume que indican, que aún dentro de un país selvático, que Doña Leonor Ponce de León preparó su hogar con la belleza y arte que su posición y condiciones le permitían, sin boato ni ostentación, sino con la sobriedad que desde entonces se ha desenvuelto nuestro país por la imperiosa necesidad en l orden material, de acuerdo con sus limitaciones geográficas y la escasez de recursos naturales.

Es evidente en el orden espiritual, según documentación auténtica, que tanto como su esposa, Don Juan Ponce de León fue hombre de cultura vasta para su época, un ingeniero militar y organizador sin par, que trazaba poblaciones y fortalezas, constituía gobiernos, y levantaba mapas, tenía conocimientos de metalurgia que le permitían explorar minas, sondeaba puertos, construía embarcaciones, y como Capitán de Tierra y Mar fue el descubridor de La Florida y de México. Doña Leonor, a falta de escuelas esos primeros años, hubo darle una educación esmerada hogareña a sus hijos en Caparra. Su hijo pudo haber nacido en Puerto Rico, y se recibió de fraile en el Convento Santo Tomás de Aquino de San Juan en 1527 quizá al cumplir su mayoría de edad, por lo que es obvio que tuvo que ser preparado en el hogar por su madre doña Leonor en forma magistral desde sus primeros años. Su hija Isabel casó con el Gobernador de Puerto Rico, Licenciado, Antonio de la Gama; Juana con García Troche, el contador. Regidor y Alcalde de la Fortaleza de San Juan; y María con Gaspar Troche, uno de los principales conquistadores de Centro-América. Esos matrimonios en Puerto Rico sugieren que ellas eran jóvenes instruidas para haber casado con los más altos funcionarios de gobierno del Mundo Nuevo y miembros de la más rancia nobleza española. Las tres hijas de Don Juan y Doña Leonor Ponce de León, quienes mantuvieron en espectativa e inactividad Formosa a su aventurero padre, hasta que las dejo felizmente casadas, tanto aquí como en México y Centro-América, en donde residió su hija menor, María, tuvieron una descendencia muy influyente. Hijo de si hija Juana fue nuestro primer gobernador puertorriqueño, así como fue Adelantado de Trinidad y Tobago, y también nuestro primer historiador. Muchos otros nietos fueron deanes de catedral, jurisconsultos, alcaldes de San Juan y San Germán, y militares de alta graduación.

Un joven sobrino de Doña Leonor, llamado Hernán Ponce de León, demostró el carácter recio de esos vástagos, propinándole por agravios, una paliza a un alcalde de Caparra en 1512, acogiéndose al asilo de la iglesia . De allí valiéndose de la gran influencia de su tía, pudo escapar en la armada que comandó Ponce de León contra los caribes, y luego pasó al descubrimiento de La Florida. Allí fue gravemente herido junto a muchos compañeros, y sepultado en alta mar al regreso de los expedicionarios para rehacerse de armas, caballos y comestibles en la Habana.

Evidencia de la habilidad de Doña Leonor como mujer hacendosa y excelente maestra en el hogar son los escasos rasgos apuntados que nos brinda la documentación, aparte de su tesón y valor personal, al aventurarse a emigrar y constituir hogar en un país desconocido y salvaje. Doña Leonor Ponce de León trajo a los muros almenados a esa aislada casa fuerte isleña, rodeada de selvas vírgenes e indios hostiles, la influencia civilizadora de la mujer, de manera que merced a su ejemplo entre las demás esposas de los pobladores, los hombres hubieron de pulir su trato, erigir casas más cómodas y mejorar su apariencia personal, si no por virtud, por emulación de tales ejemplos.

De acuerdo con estudios genealógicos, su descendencia en Puerto Rico es muy numerosa en la región Suroeste de la isla, aunque la mayoría, perdido el apellido por la vía paterna, desconocen su ilustre prosapia.

Citaré sólo el caso de su más conocida y famosa descendiente, la poetisa sangermeña Lola Rodriguez de Tió. Su nombre era Dolores Rodríguez de Astudillo y Ponce de León, nieta del Coronel Francisco José Rodríguez Ponce de León, descendiente directo éste de Don Juan y Doña Leonor Ponce de León. Son conocidos algunos datos biográficos de ella, principalmente por haber sido la autora de la letra revolucionaria a la danza “La Borinqueña” durante la época del Grito de Lares, convirtiéndola así en nuestro himno; y por haberse creado en su hogar en el exilio en la Habana, el diseño de la bandera puertorriqueña de la estrella solitaria.

Como digna descendiente de Doña Leonor Ponce de León, y haciendo honor a su apellido tan ilustre, tuvo la poetisa gran sensibilidad, como atestigua su extensa y celebrada obra poética, además de poseer un carácter muy recio y valeroso. exiliado en tres ocasiones su esposo, el periodista Bonocio Tió Segarra, a Venezuela, Cuba y Nueva York, ella lo acompañó al destierro en todas esas ocasiones, formándole un verdadero hogar en dondequiera que se hallaban. Con su valerosa intervención ante el Ministro de Ultramar Don Victor Balaguer, y el General Juan de Contreras, Héroe de Treviño, obtuvo la libertad de los 16 patriotas puertorriqueños condenados a muerte en el Morro en 1877, agradeciéndoles todos pro escrito su intervención salvadora en esa aciaga época del componte.

Sus obras están agotadas desde hace muchos años, por lo que su obra poética se ha olvidado en parte, salvo sus poemas más conocidos y populares. Están impresas, sus “Obras Completas” en cuatro volúmenes, uno consiste en su obra édita, dos de sus poesías inéditas, y el cuarto tomo, de trabajos inéditos en prosa hasta ahora desconocidos. Entre su obra poética está su famosa colección de “Poesías de Niños”, las que hace años eran recitadas por los escolares en Puerto Rico, y fueron adoptadas oficialmente para las escuelas de Cuba. Posiblemente fuera Lola Rodríguez Ponce de León, salvo Santo Rosa de Lima, también de origen sangermeño, la mujer con nexos en Puerto Rico más conocida internacionalmente hasta su época.

Deseo llamar la atención al hecho que Puerto Rico fue muy afortunado en haber podido contar entre sus mujeres influyentes a nuestra original primera dama, Doña Leonor Ponce de León y su descendienta, la poetisa antillana Lola Rodríguez de Ponce de Leon. Fueron mujeres de admirable tesón y al mismo tiempo de gran sensibilidad, por lo que dejaron ambas su huella indeleble en nuestra historia y nuestra sociedad.

Enviado por: Alexis Agostini

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

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Publicación autorizada por el Administrador; Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Filito, Filito at Large, Diccionario de la Lengua Mechada, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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