No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

Víctor Rojas

AW- Víctor Rojas fué un marino arecibeño de un valor tan extraordinario que se inmortalizó al salvar de morir ahogados, en las aguas embravecidas de la bahía de Arecibo, a más de doscientas personas cuyas embarcaciones naufragaron en aquellas aguas.

El ilustre filántropo Martín Ferreira decía en su “Biografía de Victor Rojas”:

“Nacido en la borrascosa orilla septentrional de la isla, familiarizado con los peligros del mar, de complexión de acero, con un valor sin límites y la confianza en sus propias fuerzas. Un alma generosa y un absoluto olvido de sí mismo ante la angustia ajena, como debe ser el alma de los santos, así era Víctor Rojas y así fué toda su vida.”

En el Boletín oficial de la “Sociedad Española de Salvamento de Náufragios” aparece la siguiente reseña sobre este marino Arecibeño.

“Victor Rojas nació en el año 1832. Desde su juventud se dedicó a la pesca, sacándole el suficiente producto para mantenerse. Era de mediana estatura, pero su valor físico parecía ilimitado cuando luchaba con las olas. Cuando todavía era un adolescente, comenzó la sublime tarea a que había de dedicar toda su vida: el salmamento de los que naufragan en la rada de Arecibo. Por espacio de muchos años presenciaron los vecinos de aquel pueblo un espectáculo conmovedor y terrible cada vez que las borrascas del Norte y Noroeste originaban un siniestro”

“Veían, entonces, aquellos vecinos, desde sus casas, al negro Víctor Rojas, que soportaba el viento huracanado y la lluvia torrencial sentado en una peña y observando a los buques en peligro. Rara vez dejaba de ocurrir que alguno perdiera sus anclas y cayera sobre las rompientes donde quedaba aprisionado hasta que el mar lo deshacía, esparciendo sus restos. Pero apenas un buque, rotas las cadenas, era llevado hacia su tumba. Víctor Rojas corría al punto de la playa más cercana; clavaba en la arena una larga barra de hierro y haciendo en ella firme el extremo de una cuerda o cabo, se ataba al otro extremo a la cintura. Así dispuesto, se arrojaba al mar y nadaba contra el viento y las olas. Veíase desde tierra aparecer y desaparecer de continuo y avanzar lentísimamente en dirección del buque náufrago”.

Salvó a varios náufragos en la costa de Arecibo por lo cual fué condecorado por España e Inglaterra. Se relata que durante el huracán San Agapito en 1851, Victor Rojas arriesgó su vida en las aguas del puerto de Arecibo para salvar a los tripulantes del bote El Gran Canal. En el 1853 también expuso su vida al salvar a todos los tripulantes de la fragata inglesa James Power. Por tan merecido acto fue premiado por el gobierno inglés en el 1854 con una Medalla y el gobierno español lo premió con la Cruz de María Luisa. Otro acto heroico lo hizo en el 1879 en ocación del naufragio del bergantín español El Adriano que transportava esclavos africanos. En esta ocación el gobierno español lo premia con la Cruz de Mérito Naval. Fue enviado a la carcel acusandosele de rifar un pescado entre los vecinos habiendo ya sido prohibida las rifas. En prisión pierde la razón y muere. Cuando se recibió su indulto de España ya era muy tarde.

Lo siguiente fué tomado del Libro “Los Ochocentistas”:

El 28 de marzo de 1888 cayó en la fosa común el cuerpo de un hombre de pelo en pecho, de un valiente, de un gran corazón. Era un humilde ribereño que le arrancó al océano y al Río Abacoa de Arecibo más de doscientas vidas con riesgo a la suya.

Víctor Rojas era una mezcla étnica de blanco, indio y negro. Generalmente del cruzamiento de negro e indio surge la piel morada y el pelo lacio. El rojo de la raza americana quedó superpuesto en el negro y le quitó el tinte de ébano africano. Era achocolatado, la naríz de Víctor Rojas era recta, ni de nego ni de indio; era caucásica.

El busto desenvuelto y ancho de buen marino; y proporcionada la talla.

Los labios, cuyas comisuras eran alzadas, le daban el aspecto bondadoso del indio. Los ojos sin oblicuidad, no tenían manchadas las escleróticas; eran grandes y rasgados, y la naríz denunciaba la raza blanca.

Las condecoraciones que le concedierons los gobiernos de Inglaterra y de España están hoy irreparablemente perdidas… El autor de estas líneas (se refiere a este fragmento del libro de “Los Ochocentistas” conserva una medalla de plata, de las que por la época de Víctor Rojas concedía la Sociedad Españla de Salvamente de Náufragos a los héroes del mar. Me fué entregada (dice el que escribe este fragmento de este libro) por un distinguido escritor, quien aseguraba que la condecoración había estado en poder de un funcionario de Arecibo, allá por el 1892, pero no ha sido posible relacionarla con el marino Arecibeño y no es cosa de estar en especulaciones imaginativas, a la manera de los investigadores esquemáticos, sin la comprobación del dato; punto de partida indispensable es toda narración histórica-biográfica.

Nadie debe incurrir a sabiendas, en las inexactitudes de una biografía novelada; lo trascendete en este gúnero es la descripción objetiva y veráz de los hechos y personas, en forma que transmitan el soplo de vida que les animó, actuando a través del tiempo y el espacio.

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Publicación autorizada por el Administrador; Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Filito, Filito at Large, Diccionario de la Lengua Mechada, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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